sábado 25 de noviembre de 2006

María Sosobra está triste...

miércoles 8 de noviembre de 2006

Agua de Colonia legítima de Farina Gegenüber

"...Fue también la época en que encontró por casualidad en un baúl de su madre un frasco de un litro del Agua de Colonia que vendían de contrabando los marineros de la Hamburg American Line y no resistió la tentación de probarla para buscar otros sabores de la mujer amada. Siguió bebiendo del frasco hasta el amanecer, emborrachándose de Fermina Daza con tragos abrasivos, primero en las fondas del puerto y después absorto en el mar desde las escolleras donde hacían amores de consolación los enamorados sin techo, hasta que sucumbió a la inconsciencia." ...

Gabriel García Márquez, "El amor en los tiempos del cólera"

Naranja

Cada vez que la tristeza hace su presencia gélida es dificil hilar las ideas de aquel al que le falta el carácter suficiente para pensar y se deja llevar por la ilusión efímera de algo que no tiene. Es la triste verdad de las tardes donde del cielo caen gotas pequeñas y torpes, ella misma, la que es capaz de envargar un corazón inocente y volverlo carente de sentido, hacerlo llorar su propia sangre sin desearlo en verdad.

Contra ella no existen mas que los recuerdos agradables de los momentos donde rostros queridos sonríen y de otros tantos donde los sabores dulces han hecho presencia, acompañados -obviamente- de la existencia del alma dejada y feliz, sin perjuicios ni malas intenciones en su cabeza. Un color para ella, es necesario ahora, tal vez... difícil. Gris. A lo mejor, gris. Digamos que sí. ¿Un color para su eterna némesis? -una sonrisa, es sufiente-. Naranaja. Ese color es obvio. No tan amarillo, no tan rojo, ademas, siempre es fuerte. Así debería ser. Por siempre, definitamente.

Aunque otra veces -y mucho mas tarde que ahora-, un olor es sufiente... Maria Farina, la de 1709, por supuesto.

Luna mía

Nota del autor: este fragmento es uno de los dos rescatados un domingo en
la mañana de las garras del Capítulo de mi Desorden Eterno.


Luna, lunática, blanca, esbelta, loca, círculo, nubes, velo secreto. ¿Qué hay detrás? No llores, no te sienats sola: yo te miro cada noche y cada noche te veo mas bella. Ahora siento tu aroma, seductor, lejano, perfecto como un círculo, luminoso, irreal, falso. No, real. Difícil de creer. Mío. Solo yo te miro, pero solo yo te siento. Ojalá me pudieras ver. Ojalá no tuvieras llagas sino ojos, no cráteres sino boca -para poderte besar-, y oídos, para que escucharas mi súplica sincera y triste. La esperanza, Esperanza, ella me convertirá en una estrella, luminoso como tú pero jamás tan magnánimo, otra vez lejano. Conviertete en mujer para poder sentir tus manos, en mujer para pensarte y verte caminar, correr, reir. Tu sonrisa, pícara... luminosa al final.

Redactado una noche cualquiera entre febrero y junio de 2006 en una clase de Historia del Arte.

Perséfone Divina

Querida Perséfone:

Ojalá que algún día no leas esto. Ojalá que el día que tengas que saberlo lo podás sentir sin necesidad de leerlo. El motivo es simple: lo escribo porque quiero sacar de mi cabeza esa sensación horrible conformada por el retumbar constante de tu voz en mi cráneo, lo escribo porque si no lo hago no podré tener claro hasta que punto hacés temblar mi entereza y me hacés derrumbar cual infante aprendiendo a caminar. Patético. Eso sería caer bajo, lo es, herir mi propio orgullo, y ahora que lo pienso, ser masoquista. Lo reconozco.

De tí tengo conformada una imágen que ha sido construida a retasos y que hoy es como un oleo a medio acabar. Mis pinceles y mis espátulas no son otros que los pocos momentos de amor simulado que hemos sentido en ocasiones (y que yo confío hallan sido reales, no quiero imaginar lo contario) y mis colores son las historias que he podido recolectar acerca de tí y que (discúlpame) otras personas han mezclado.


Ahora sé que tu cabello es risado y de color azabache, y que tu cuerpo es como una pluma, suave y ligera. Que tu nariz es la mas bella de todas aquellas que hoy respiran y que tu sonrisa es capaz de darle felicidad al planeta entero si así lo quisieses.
En realidad no sé por qué hetenido que construirte, y mucho menos me explico por qué nunca me has dejado verte. ¿Tengo que conformarme solo con tu voz acaso? Moriría muy pronto si así fuese.


Diosa, ¿me quieres en verdad o solo juegas con este loco enamorado? No lo sé. Solo sé que eres mi vida entera y que la única forma posible de hacerme dejarte sería que tu misma me lo pidieras, y aún así, no se si sobreviviría por mucho tiempo.
Te amo demasiado.

Dionisio

Imaginándote reir

A esta hora seguramente estás en la piscina. Me gustaría mucho volver a sentir el calor en mi piel para poderme dar el lujo de dejar correr el agua por mi cabeza a las diez de la noche, pero lo único cierto ahora es que estoy sin tí en esta helada ciudad que aún no me pertenece.

Una vez más, he estado mirando tus fotos. La que más me perturba es esa donde apareces con tu uniforme de colegio sonriendo inocentemente, esa que no te gusta, pero que a mí me quita el sueño. No resisto más el deseo de verte sonreir para mí.

Ahora tengo una imágen clara de cómo quiero que sea ese día, cuando te veré por primera vez. Quiero que sea en un lugar que nos guste a los dos, quizá en ese donde hay una fuente y una estatua de un índio haciendo no se qué. Quiero que sepas que estoy nervioso, porque cada día que pasa siento que te puedo perder sin jamás haberte tenido. Entonces, cuando me veas, escondida por allí detrás de cualquier cosa, quiero que el escalofrío que seguramente correrá por tu espalda te delate y me deje reconocerte. Entonces yo te miraría a los ojos y por fin te darías cuenta que las palabras que tan amenudo y con tanta fuerza te declamo no son viles estupideces hijas del viento sino fervientes sentimientos salidos del fondo de mi corazón.

Entonces me gustaría verte reir, por fín, y después de mucho tiempo de guardar todo esto que cada día pesa más y que no me deja dormir tranquilo, poder seguir en paz mi camino a tu lado, ojalá.

Yo quiero que entiendas una cosa: estoy absoluta y completamente enamorado de tí, y estoy dispuesto a hacer lo que sea para que dentro de poco podamos estar juntos. Un día te prometí portarme bien, y fiel a esa promesa retomo tus propias palabras: ni el tiempo ni la distancia nos van separar. Yo te amo. Yo te amo absurdamente. Yo te amo absurdamente y no quiero otra cosa diferente a verte sonreir para mí por primera vez y para siempre saber que por fín, ¡por fín! eres mía.

Misteriosamente desaparecida

Querida Diana Carolina:

Hace ya muchos meses que no sé nada de tí. Me parece muy extraño que la última vez que hablamos me estubieras cantando una canción por teléfono y que después me hubieras pedido que te llamara más tarde para nunca jamás contestarme.

¿Qué te pasó? Creo que nunca lo sabré. Por allí un amigo común de los dos me dijo que te habían visto vagando en compañía de unos tipos no muy agradables. La verdad, no te guardo ningún rencor por haberme dejado asi tirado. Es más, me gustaría saber de tí. A lo mejor estás bien. A lo mejor te fuiste sin mí a bucar un mejor lugar, quien sabe.

Estoy seguro que nos volveremos a ver, pero cuando eso pase, quiero que sepas que no te voy a saludar de beso en la boca, como un día sería costumbre si todo salía bien. Te voy a saludar como si jamás te hubiera dicho que te amaba. Te voy a saludar como lo harían dos amigos normalmete. Espero que llegues lejos...

José Daniel

Perdóname

Más estupido no podría haber sido, necesito que me perdones. Lamento demasiado no haberte vuelto a visitar en los lugares donde siempre habíamos juguetado y donde tanto disfrute acariciando tus sensuales formas, cada vez diferentes, cada vez más encantadoras, no, enamoradoras, asi debe ser.

Ahora que te he vuelto a encontrar quiero contarte cosas de mi vida que estoy seguro ya sabrás, pero la necesidad me surge porque sé que si te lo cuento con mis propias formas seguramente me podré sentir tan extasiado como cuando estabamos juntos en la esquina de la habitación, debajo de la ventana grande que daba hacia el patio y que siempre te gustó contemplar mientras estabas por fuera de mis manos escurridizas.

No me apena decir que hubo otras aparte de ti durante este tiempo. Con ellas he pasado buenos ratos, me he reído mucho y he sentido por momentos la indescriptible miel de la obsesión, intangible a veces, pero orgásmica siempre. Todas han tenido -y tienen- su encanto. Una de ellas se llama Bossa Nova, y sin querer ser escandaloso, me inspira a pensarte. En su ritmo me sumergí profundamente muchas veces mientras miraba hacia la nada en esos momentos que alguna vez lograste describir y que siempre han sido mi estado de mas profunda rareza. Gracias a Dios ella es ciega y nunca ha reparado en esos detalles. Gracias a Dios su melodía gelatinosa y siempre traviesa me ha sacado por ratos de la necesidad que te tengo y me ha llevado a lugares que jamás pensé podría llegar a imaginar un día. Paisajes rojos totales que se convierten en violeta, animales de cinco patas y flores de caramelo, aves que surcan los cielos del éxtasis con audacia de aventurero, playas infinitas y mares de lágrimas, salados, y que al otro lado sin duda conducen a tu costa.

Pero al final tu costa siempre serás la mas plácida. Por más Bossa Nova y Salsa que me puedan embrujar, necesito que sepas que solo tú, vida mía, eres la que me llena por completo, porque con tu canto, que sale de mis entrañas y llega a los oídos del que nos espía, soy capaz de regresar al lugar de donde tanto me duele salir en las mañanas, que no es otro más que el universo olvidado de mis sueños, donde eres libre sin nisiquiera ser tú.

Quiero que me perdones, por infiel y por necio, por no usarte lo suficiente y por despreciarte cuando te he tenido de cara contra el papel. Quiero ahora que no te separes de mí nunca, y que el cielo sea cómplice además de nuestro juego, para que así pueda ser mejor que siempre y más feliz que nunca.

Mujer de negro seduce a popular personaje

La sangre del elfo se dispersaba por el muro con cada nuevo suspiro de la hermosa criatura. El que una vez fuese el rey de muchas tierras y soberano sobre muchos hombres ahora caía rendido ante la lenta y seductora danza de una mujer que apenas se dejaba ver bajo su velo de sombras.

Suaves movimentos, semejantes a los de una serpiente al acecho, acompañaron entonces las palabras de La Muerte: "Elfo, déjate morir. Ya vete de una vez de este mundo de los hombres, donde no has generado más que locura y desesperación entre esas inferiores criaturas, que además no son dignas siquiera de tener tan noble monarca. Anda, vamonos ya a la sala de mi casa famosa, donde te aseguro te esperan otros tantos que, así como tú, han decidido enfrentarme y no han podido ganar".

Y el rey Elfo, soberano entre los hombres, recorrió su mente en busca de algo que lo atara a la vida mientras desesperadamente se dió cuenta que la vida no es más que el juguete de la muerte y los hombres no más que el juguete de la vida. Entonces, embargado por la tristeza, cerró los ojos y se embarcó en el aliento gélido de la sombra, que lo condujo al limbo que desde entonces y para siempre sería su nuevo hogar.

Carta para la que no me quizo

Después de dos años me queda de consuelo el saber que al parecer, eres feliz. En este punto decirte debo que hoy precisamente he tomado la determinación de no amarte más y de no seguir soñando contigo. Me he dado cuenta que el tratar de ver por tus ojos no me trae sino dolores de cabeza -porque nunca veo las cosas que yo quisiera- y que el tratar de vivir respirando tu perfume me podría causar delirios de muerte o de locura, en el mejor de los casos.

Hoy me voy a enamorar de otra. Una que recuerde mi nombre y que me recuerde -con una sonrisa al menos- cada vez que me saluda. Bueno, que me salude al menos. Una que sea lo suficientemente inteligente como para darse cuenta que siempre estuve enamorado de ella, y que me quiera igual. Que me tolere como soy y que me complazca: como a mi me gusta y a la hora que a mí se me de la gana. Que se ría con mis chistes de manera sincera, porque yo me se dar cuenta cuando no lo hacen. Una que, cuando yo llegue tarde a una cita, se de cuenta que la mayoría de las veces es por pereza y que no me critique por ello.

Después de dos años, y mientras te escribo esta carta me doy cuenta que te amo porque en su momento me supiste seducir: tu andar rítmico, tu perfume agridulce y violeta manchado de rojo, tu mirada pícara, y la exitación natural que me produce la incertidumbre de saber si quieres o no a ese calvo tonto que me produce envidia porque él si hace contigo lo que se le dá la gana, mientras yo debo conformarme con observarte desde afuera de tus ropas, por muy analítico que pueda ser.

Tierra de Brujas

La verdad si, me hubiera gustado besarla. El solo hecho de estar tan cerca de ella bastó para subirme la adrenalina hasta el punto en el que por mi cabeza solo corrían un sin fín de puntos de colores rojos y violetas. Su olor me exitaba, me exitaba de tal forma que, donde se ubiese acercado un milímetro más a mí, seguramente hubiese terminado en escándalo público, o en primera página de uno de esos periódicos amarillistas que un amigo mío lee por allí.

No lo hice porque por la mañana la señora Dora, la bruja que vive en la esquina de mi cuadra, me detuvo dos veces para pronosticarme que mi arcano hiba a estar yo no se en donde putas a las cinco de la tarde. La verdad, no creo en esas maricadas, pero ella habla con una fuerza y una seguridad que, estoy convencido, hasta el animal de poco pelaje hubiera tomado en cuenta si le hubiera tocado aguantársela, porque en este mundo de brujas y duendes puede pasar cualquier cosa, y además, eran las cinco de la tarde.

Afuera del Cuaderno del Gato

La última vez me quedaba en que salía de la oficina a cumplir una de esas misiones que solo yo soy capaz de lograr. Aspiro por favor disculpes mi falta de modestia, pero es la verdad y lo sabes: no hay que decir mentiras.

Para variar, mi vehículo de lujo, casi mágico, era un transmilenio que a esa hora lo más seguro era estuviera igual de sofocante que una olla de presión contenida de sancocho preparado por Euclides, el gigante –pregúntale, él sabe por qué-. Digo mágico porque de alguna manera, y esto para los que no lo conocen, en él siempre entra infinidad de gente y jamás parece llenarse. Ahora no me queda duda de que la magia existe.

Precisamente lo que ahora te contaré, querida mía, tiene que ver con el momento mágico en el que, me cuesta reconocerlo, vi una mujer inclusive más preciosa que tú. Como de rutina compre mi pasaje al detal y me encargué de ir al mapa que indica en que estación debería bajarme. En eso preciso instante y al girar hacia mi vagón me topé de frente con una visión alucinante de lo que parecía ser un ángel.

Delicadas curvas, esbelta figura y espigada forma decoraban la corona de la belleza. Lo mejor de ella era quizá la altivez imperial con la que su sola presencia contaba, igual a la tuya, de hecho. La cereza del helado, como me gusta llamarla, era su piel de un color más pálido incluso que la nieve, casi transparente, además de las increíbles hebras color plata que caían de su cabeza y se derramaban hasta más abajo de sus hombros. Realmente impactante eran sus labios, que parecían no hacer juego con el resto del cuadro al adornarlo con el brillo sin igual de un rojo carmesí apunto de estallar gracias al soplo de la juventud, y que a la vez realzaban la preciosura de dos cristales color azul cielo que lucia sin miedo incrustados en su rostro. Supe que tendría alrededor de unos quince años por lo informal de su túnica, lo único que la hacía humana: un pantalón de dril color caqui con corte de camuflado militar que intentaba sin éxito esconder la sensual criatura que los usaba, y una blusa azul cielo que parecía sin vida gracias a unos ojos que la opacaban. No usaba chaqueta y por la holgura de su andar supongo que le molestaba andar vestida, eso se me hizo innegable apenas la vi. Tendrás que excusarme por eso, pero me pareció imperdonable no contártelo.

Después de semejante trauma tuve que sufrir uno peor: mi autobús todavía tardaría unos quince minutos en llegar y ella estaba en el vagón de al lado esperando despreocupadamente el suyo. No podía evitar mirarla. El saber que estaba allí, a pocos metros de mí, me era algo más que perturbante. Mi desesperación se hacia mayor segundo a segundo, y ella parecía mirar a la nada, quizá a sus incorpóreos similares, que se yo; pero al parecer yo no era cosa que mereciera su atención. Pero de pronto, y por un fatal zarpazo del destino su mirada se encontró con la mía y pude sentir como una salvaje bestia despertaba en mi interior y me hacia subir la sangre por todo el cuerpo coloreando mi rostro supongo con un rojo tan vivo como el de los labios de ella. Mi impresión no dejó de crecer al ver que ella también se colocaba colorada mientras sus ojos, como un par de flechas encendidas se clavaban sin remedio en los míos. No tengo idea de cuanto tiempo duró. En su mirada reconocí la presencia de la inocencia, lo que refuerza mi hipótesis de haber visto a un ángel. La conexión generó en mí un sentimiento de paz que me hizo erizar y creer por algunos instantes en la corporeidad de la vida feliz. Entonces no quise más que ir hacia ella y hablarle, invitarla a un café frío tal vez y descubrir un poco mas de ella. Podríamos ir caminar por el Parque del Virrey del que mi amigo Jacko da evidencias de poderes romances en el aire, o simplemente mirar pasar las aves en cualquier lugar lejos del bullicio de la ciudad. Poco a poco mis ojos se acostumbraron a los de ella y mi razón empezó a recuperar su estado normal hasta que cegado, tuve que bajar la mirada. Yo no podía creerlo. Mi autoproclamada habilidad de deshacerlas con la mirada había sido opacada por una etérea quinceañera. Entonces reuní fuerzas y volví a levantar mi cabeza hacia ella. Me derrumbé de la tristeza, ella ya no me miraba.

Aproveche para despertar a la realidad, miré el tablero que indica cuanto tiempo falta para la llegada del autobús. Un minuto. Me acomode mi morral y esperé. Volvía a mirarla, ella escrutaba la nada una vez más. El transporte estaba peculiarmente vacío. Me subí y mientras comencé mi recorrido me despedí de ella con una sonrisa que juraría ella me devolvió.

Jamás la volví a ver. Entonces seguí con mi vida, te escribí este cuento entre otros tantos y me enamoré de ti.

Enero 13 de 2006, 05:35 PM