miércoles 8 de noviembre de 2006

Tierra de Brujas

La verdad si, me hubiera gustado besarla. El solo hecho de estar tan cerca de ella bastó para subirme la adrenalina hasta el punto en el que por mi cabeza solo corrían un sin fín de puntos de colores rojos y violetas. Su olor me exitaba, me exitaba de tal forma que, donde se ubiese acercado un milímetro más a mí, seguramente hubiese terminado en escándalo público, o en primera página de uno de esos periódicos amarillistas que un amigo mío lee por allí.

No lo hice porque por la mañana la señora Dora, la bruja que vive en la esquina de mi cuadra, me detuvo dos veces para pronosticarme que mi arcano hiba a estar yo no se en donde putas a las cinco de la tarde. La verdad, no creo en esas maricadas, pero ella habla con una fuerza y una seguridad que, estoy convencido, hasta el animal de poco pelaje hubiera tomado en cuenta si le hubiera tocado aguantársela, porque en este mundo de brujas y duendes puede pasar cualquier cosa, y además, eran las cinco de la tarde.