A esta hora seguramente estás en la piscina. Me gustaría mucho volver a sentir el calor en mi piel para poderme dar el lujo de dejar correr el agua por mi cabeza a las diez de la noche, pero lo único cierto ahora es que estoy sin tí en esta helada ciudad que aún no me pertenece.
Una vez más, he estado mirando tus fotos. La que más me perturba es esa donde apareces con tu uniforme de colegio sonriendo inocentemente, esa que no te gusta, pero que a mí me quita el sueño. No resisto más el deseo de verte sonreir para mí.
Ahora tengo una imágen clara de cómo quiero que sea ese día, cuando te veré por primera vez. Quiero que sea en un lugar que nos guste a los dos, quizá en ese donde hay una fuente y una estatua de un índio haciendo no se qué. Quiero que sepas que estoy nervioso, porque cada día que pasa siento que te puedo perder sin jamás haberte tenido. Entonces, cuando me veas, escondida por allí detrás de cualquier cosa, quiero que el escalofrío que seguramente correrá por tu espalda te delate y me deje reconocerte. Entonces yo te miraría a los ojos y por fin te darías cuenta que las palabras que tan amenudo y con tanta fuerza te declamo no son viles estupideces hijas del viento sino fervientes sentimientos salidos del fondo de mi corazón.
Entonces me gustaría verte reir, por fín, y después de mucho tiempo de guardar todo esto que cada día pesa más y que no me deja dormir tranquilo, poder seguir en paz mi camino a tu lado, ojalá.
Yo quiero que entiendas una cosa: estoy absoluta y completamente enamorado de tí, y estoy dispuesto a hacer lo que sea para que dentro de poco podamos estar juntos. Un día te prometí portarme bien, y fiel a esa promesa retomo tus propias palabras: ni el tiempo ni la distancia nos van separar. Yo te amo. Yo te amo absurdamente. Yo te amo absurdamente y no quiero otra cosa diferente a verte sonreir para mí por primera vez y para siempre saber que por fín, ¡por fín! eres mía.
