miércoles 8 de noviembre de 2006

Carta para la que no me quizo

Después de dos años me queda de consuelo el saber que al parecer, eres feliz. En este punto decirte debo que hoy precisamente he tomado la determinación de no amarte más y de no seguir soñando contigo. Me he dado cuenta que el tratar de ver por tus ojos no me trae sino dolores de cabeza -porque nunca veo las cosas que yo quisiera- y que el tratar de vivir respirando tu perfume me podría causar delirios de muerte o de locura, en el mejor de los casos.

Hoy me voy a enamorar de otra. Una que recuerde mi nombre y que me recuerde -con una sonrisa al menos- cada vez que me saluda. Bueno, que me salude al menos. Una que sea lo suficientemente inteligente como para darse cuenta que siempre estuve enamorado de ella, y que me quiera igual. Que me tolere como soy y que me complazca: como a mi me gusta y a la hora que a mí se me de la gana. Que se ría con mis chistes de manera sincera, porque yo me se dar cuenta cuando no lo hacen. Una que, cuando yo llegue tarde a una cita, se de cuenta que la mayoría de las veces es por pereza y que no me critique por ello.

Después de dos años, y mientras te escribo esta carta me doy cuenta que te amo porque en su momento me supiste seducir: tu andar rítmico, tu perfume agridulce y violeta manchado de rojo, tu mirada pícara, y la exitación natural que me produce la incertidumbre de saber si quieres o no a ese calvo tonto que me produce envidia porque él si hace contigo lo que se le dá la gana, mientras yo debo conformarme con observarte desde afuera de tus ropas, por muy analítico que pueda ser.