La última vez me quedaba en que salía de la oficina a cumplir una de esas misiones que solo yo soy capaz de lograr. Aspiro por favor disculpes mi falta de modestia, pero es la verdad y lo sabes: no hay que decir mentiras.
Para variar, mi vehículo de lujo, casi mágico, era un transmilenio que a esa hora lo más seguro era estuviera igual de sofocante que una olla de presión contenida de sancocho preparado por Euclides, el gigante –pregúntale, él sabe por qué-. Digo mágico porque de alguna manera, y esto para los que no lo conocen, en él siempre entra infinidad de gente y jamás parece llenarse. Ahora no me queda duda de que la magia existe.
Precisamente lo que ahora te contaré, querida mía, tiene que ver con el momento mágico en el que, me cuesta reconocerlo, vi una mujer inclusive más preciosa que tú. Como de rutina compre mi pasaje al detal y me encargué de ir al mapa que indica en que estación debería bajarme. En eso preciso instante y al girar hacia mi vagón me topé de frente con una visión alucinante de lo que parecía ser un ángel.
Delicadas curvas, esbelta figura y espigada forma decoraban la corona de la belleza. Lo mejor de ella era quizá la altivez imperial con la que su sola presencia contaba, igual a la tuya, de hecho. La cereza del helado, como me gusta llamarla, era su piel de un color más pálido incluso que la nieve, casi transparente, además de las increíbles hebras color plata que caían de su cabeza y se derramaban hasta más abajo de sus hombros. Realmente impactante eran sus labios, que parecían no hacer juego con el resto del cuadro al adornarlo con el brillo sin igual de un rojo carmesí apunto de estallar gracias al soplo de la juventud, y que a la vez realzaban la preciosura de dos cristales color azul cielo que lucia sin miedo incrustados en su rostro. Supe que tendría alrededor de unos quince años por lo informal de su túnica, lo único que la hacía humana: un pantalón de dril color caqui con corte de camuflado militar que intentaba sin éxito esconder la sensual criatura que los usaba, y una blusa azul cielo que parecía sin vida gracias a unos ojos que la opacaban. No usaba chaqueta y por la holgura de su andar supongo que le molestaba andar vestida, eso se me hizo innegable apenas la vi. Tendrás que excusarme por eso, pero me pareció imperdonable no contártelo.
Después de semejante trauma tuve que sufrir uno peor: mi autobús todavía tardaría unos quince minutos en llegar y ella estaba en el vagón de al lado esperando despreocupadamente el suyo. No podía evitar mirarla. El saber que estaba allí, a pocos metros de mí, me era algo más que perturbante. Mi desesperación se hacia mayor segundo a segundo, y ella parecía mirar a la nada, quizá a sus incorpóreos similares, que se yo; pero al parecer yo no era cosa que mereciera su atención. Pero de pronto, y por un fatal zarpazo del destino su mirada se encontró con la mía y pude sentir como una salvaje bestia despertaba en mi interior y me hacia subir la sangre por todo el cuerpo coloreando mi rostro supongo con un rojo tan vivo como el de los labios de ella. Mi impresión no dejó de crecer al ver que ella también se colocaba colorada mientras sus ojos, como un par de flechas encendidas se clavaban sin remedio en los míos. No tengo idea de cuanto tiempo duró. En su mirada reconocí la presencia de la inocencia, lo que refuerza mi hipótesis de haber visto a un ángel. La conexión generó en mí un sentimiento de paz que me hizo erizar y creer por algunos instantes en la corporeidad de la vida feliz. Entonces no quise más que ir hacia ella y hablarle, invitarla a un café frío tal vez y descubrir un poco mas de ella. Podríamos ir caminar por el Parque del Virrey del que mi amigo Jacko da evidencias de poderes romances en el aire, o simplemente mirar pasar las aves en cualquier lugar lejos del bullicio de la ciudad. Poco a poco mis ojos se acostumbraron a los de ella y mi razón empezó a recuperar su estado normal hasta que cegado, tuve que bajar la mirada. Yo no podía creerlo. Mi autoproclamada habilidad de deshacerlas con la mirada había sido opacada por una etérea quinceañera. Entonces reuní fuerzas y volví a levantar mi cabeza hacia ella. Me derrumbé de la tristeza, ella ya no me miraba.
Aproveche para despertar a la realidad, miré el tablero que indica cuanto tiempo falta para la llegada del autobús. Un minuto. Me acomode mi morral y esperé. Volvía a mirarla, ella escrutaba la nada una vez más. El transporte estaba peculiarmente vacío. Me subí y mientras comencé mi recorrido me despedí de ella con una sonrisa que juraría ella me devolvió.
Jamás la volví a ver. Entonces seguí con mi vida, te escribí este cuento entre otros tantos y me enamoré de ti.